A mediados del S. XIX en el continente americano hubo lugar a un periodo de migración hacia zonas rurales donde se había descubierto oro.   

La gente abandonó sus lugares de trabajo y sus modos de vida convencionales para seguir la estela de James Marshall,  quien el 24 de enero de 1848, en New Helvetia (Alta California), encontró, mientras estaba cavando en el lecho del río para construir un molino para un aserradero, un par de piezas minerales de ‘hierro, muy brillante y frágil y oro, brillante, pero maleable’.   

Aunque inicialmente trataron de esconder la noticia, los rumores se extendieron y comenzaron a aparecer personas para comprobar si lo que decían que estaba sucediendo era cierto. Samuel Brannan, periodista de San Francisco, abrió inmediatamente una tienda que vendía suministros de prospección en el lugar del hallazgo. Una vez abierta su tienda, volvió a San Francisco, se engalanó con su mejor ropa, y atravesó la, entonces, pequeña ciudad exhibiendo un frasco de oro y gritando: “¡Oro! ¡Oro! ¡Oro en American River!” .

 

En menos de un año, y teniendo en cuenta que estábamos en 1848, el estado se llenó de personas llegadas de todo el continente y la ciudad de San Francisco pasó, entre 1849 y 1850, de 800 a 25.000 “49ers”, que era como se conocía a estos nuevos vecinos. Se calcula que 300.000 personas se mudaron a la costa oeste en dos años. La tienda de suministros de Samuel Brannan vendió, cada mes, 150.000$ durante todo el 1849. Y este boom económico empezó con dos pequeñas piezas de metal brillantes.   

La historia, no obstante, no acabó demasiado bien. Nuestro pionero, James, fracasó y terminó su vida en bancarrota, mientras que nuestro avispado tendero Samuel Brannan, tras convertirse en un hombre realmente rico, acabó arruinado, tanto, que no pudo pagarse ni su propio funeral.  

A pesar de la bajísima actividad económica del momento, nuestro pionero James no estaba en una cantina jugando a poker ni balanceándose en la mecedora de la entradilla de su casa cuando encontró su primera pepita de oro: estaba trabajando para construir su aserradero. No fue el azar fue quien le llevó a encontrar oro, su objetivo era construir un negocio más orgánico, de trabajo de madera, más industrial, pero durante ese trabajo, encontró la chispa que puso en marcha uno de los movimientos de mayor crecimiento demográfico y económico en los EEUU del s. XIX.   

Las pepitas de oro del CRM

Ahora es el momento de empezar a construir en nuestro CRM nuestro aserradero como el viejo James: segmentar clientes, pulir datos, depurar contactos. Revisar oportunidades antiguas. Retomar contactos olvidados que tenemos en el ‘limbo’.

Buscar ventas relacionadas: Up sales, Crossing sales, quizás no para ahora, pero si para un poco más adelante. Revisar Leads descartados en épocas de abundancia. Puede que durante ese trabajo no encontremos nuestra primera pepita de oro (o sí), pero si logramos construir un buen aserradero para cuando acabe todo esto, tendremos más futuro que el viejo James, quien apostó por seguir jugando al juego del oro, en lugar de seguir construyendo un negocio industrial, estable y duradero.   

‘WE RIDE, NEVER WORRY ABOUT THE FALL. I GUESS THAT’S JUST THE COWBOY IN US ALL’ 

 

¡Hasta la próxima!

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